El folclore (ya
frunciaremos esta palabra otro día) es una cuestión a menudo complicada y no
exenta de polémica. Al folclore, a la cultura y tradiciones de un pueblo,
pertenecen una miríada de actividades distintas: se pueden tirar quesos por una
colina, subirse en la grupa de búfalos americanos y correr con ellos, se puede
jugar a desangrar a un toro y luego matarlo, quemar estatuas de papel, partir
troncos a hachazos, pensar que un Madrid-Barça es un acontecimiento
trascendental, montar castillos altísimos de personas sobre personas, tirar
cabras desde campanarios… o pasear estatuas de madera llevadas por hombres
cubiertos con capucha por las calles de una ciudad.
El folclore tiene
orígenes variados, en los ciclos del tiempo, en las cosechas, en una tragedia o
en una alegría, en una religión. Pero aquí radica la diferencia. No todo vale,
o no todo es lo mismo.
Mi querida ciudad
de origen, Valladolid, tiene como fiesta y folclore principal la Semana Santa.
Desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección, las cofradías
convierten las calles en un muestrario de colores, olores, músicas y maderas
policromadas que a los vallisoletanos, salvo excepciones, nos encanta. Pero no
nos olvidemos de una cosa, le pese a quien le pese: la Semana Santa rememora la
Pasión, Muerte y Resurrección de aquel a quien los cristianos tenemos por
maestro, hermano, Señor de nuestras vidas e Hijo de Dios vivo.
Por lo tanto ese
folclore queda, o debería quedar, diluido por algo que es mucho más importante
para los creyentes que toda la parafernalia.
En Valladolid,
las cofradías han pensado muchas veces (demasiadas) que la Semana Santa era
suya, que podían hacer con ella lo que les viniera en gana. Muchos son los
cofrades muy fieles a su cofradía y poco o nada a la misa dominical. Y muy
pocos los que alguna vez han pisado una Vigilia Pascual.
En Valladolid, la
ciudad, sus habitantes y su alcalde han pensado muchas veces que también era
suya, y han variado recorridos según les venía en gana o según mejor le venía
al experto de turno.
Y ahora resulta
que ha hablado alguien que, en mi opinión, si tiene algo que decir. El
Arzobispo. Para los católicos de Valladolid, es nuestro pastor. Él, y no el
alcalde, la concejala, la vicepresidenta, Concha Velasco o Martín Garzo. Y ha
dicho que no le han consultado el nombre del pregonero de la Semana Santa, es
decir, aquel que va a entrar en la Catedral, va a subirse al presbiterio y va a
proclamar al mundo las bondades de nuestra Semana Santa. En este caso, el
Alcalde, subido a la parra de la victoria electoral, y algún lameculos sin
parangón, han pensado que Soraya Sáenz de Santamaría reunía las condiciones.
Ella, que no es practicante, y que está casada por lo civil (es decir, fuera de
la Iglesia según sus normas).
Como el interés
hace extraños compañeros de cama, Carme Chacón, subida al carro del feminismo
progresista, ha salido a defender a la señora Vicepresidenta atacando al
Arzobispo por reaccionario. El PSOE de Valladolid había protestado por la
elección (en otro sentido), pero claro, no olvidemos que Oscar Puente y sus
sombras son de Rubalcaba, así que Chacón aprovecha para poner banderillas.
Opino. Que estoy
de acuerdo con el PSOE de Valladolid en su primera queja: no es de recibo que
un acto de todos quede en manos de un político, porque los de los otros se
pueden sentir a disgusto. Y como católico, opino que los que dentro de la
Iglesia no somos miembros de ningún partido no debemos ser representados por
alguien así.
Pero además, es
que don Ricardo tiene razón. Es que los cristianos creemos que el Matrimonio es
un Sacramento, es decir, que Dios se hace presente en él, y que aunque debe
tener y tiene consecuencias civiles, para los católicos no debe ser un mero
contrato.
No juzgo a la
señora Sáenz por su situación personal, sería absurdo. Que cada uno viva como
le de la gana, pero no puede ser portavoz de los católicos en ese pregón, en la
Catedral y ante el Arzobispo.
Con todo el lío,
se nos olvida que, una vez más, el papanatas causante vuelve a ser nuestro
querido León de la Riva, asesorado por vaya-usted-a-saber-quién.
En Intereconomía
estarán dando palmas con las orejas.
En respuesta a "La disputa por la pregonera", de Raúl Alonso, en EL SEÑOR DE LOS ESPEJOS
